Cuando los enemigos cobran del mismo barril
El petróleo no sube solo: lo suben los misiles. Detrás de la guerra opera una economía completa, y una parte la pagas tú sin haber firmado nada.
El petróleo no sube solo. Lo suben los misiles, los drones, los ataques a refinerías y las fragatas que se cruzan en el Estrecho de Ormuz. Por eso, leer la guerra entre Estados Unidos e Irán solo como geopolítica es quedarse en la superficie. Debajo opera algo más viejo y más rentable: una economía completa que se enciende cada vez que algo estalla.
Naomi Klein le puso nombre en La doctrina del shock (2007). Cada crisis grande, cada guerra, cada colapso, se vuelve oportunidad para transferir riqueza desde el bolsillo común hacia un círculo cerrado de petroleras, contratistas, bancos y especuladores. No hace falta una conspiración; basta la infraestructura. La guerra, en esa lectura, no es un accidente del sistema: es el sistema funcionando como fue diseñado.
Los nombres son públicos y cotizan en bolsa. A inicios de junio de 2026, Lockheed Martin, que fabrica el F-35, acumula cerca de 27% de alza en lo que va del año. RTX, la antigua Raytheon que produce el misil Tomahawk, subió alrededor de 67% en doce meses, por encima del S&P 500. La industria de defensa israelí, con los interceptores Arrow y los misiles Spike, avanzó cerca de 81% en un año y reporta una cartera de pedidos de unos 80 mil millones de dólares, su récord. Solo en la guerra contra Irán iniciada en febrero de 2026, Estados Unidos ha disparado más de 850 misiles Tomahawk; a un millón y medio de dólares cada uno, eso es más de mil millones de dólares en una sola marca, de un solo país, en un solo conflicto.
Conviene ver la mecánica despacio. Cuando un misil cae sobre una refinería, alguien cobra por el misil. Cuando un interceptor lo derriba, alguien cobra por el interceptor. Cuando hay que reponer el interceptor gastado, alguien cobra de nuevo. Un solo intercambio genera tres facturas, y cuando el conflicto entra en pausa los países corren a rellenar arsenales por si acaso, lo que abre la cuarta, la quinta y la sexta. En este negocio, hasta la paz factura.
La guerra no es un accidente del sistema. Es el sistema funcionando como fue diseñado.
Nada de esto es reciente; es el mismo libreto desde hace medio siglo. En 1973, tras la guerra de Yom Kippur, la OPEP cuadruplicó los precios, las grandes petroleras cerraron utilidades récord y los petrodólares se reciclaron como deuda estadounidense, una arquitectura atribuida a Henry Kissinger. En los años ochenta, Washington armó a la vez a los dos bandos: Donald Rumsfeld estrechó la mano de Saddam Hussein en Bagdad en 1983 mientras, por la puerta trasera, el caso Irán-Contras vendía misiles a Teherán. Dick Cheney fue secretario de Defensa entre 1989 y 1993 y, pocos años después, director general de Halliburton, la empresa que más tarde ganaría contratos de reconstrucción sin licitación. La invasión a Irak de 2003 se justificó con armas de destrucción masiva que, según el propio Senado estadounidense y el Grupo de Inspección en Irak, no existían; el crudo pasó de 25 a 147 dólares en cinco años. Libia, en 2011, quedó como Estado fallido con sus campos petroleros repartidos entre ENI, Total y BP. Yemen, desde 2015, ha sido bombardeado con armamento de Lockheed y Raytheon. Y desde 2022, mientras Europa perdía el gas ruso, Estados Unidos le vendió gas natural licuado a precios récord.
Siete guerras, una sola receta. Lo que el cable noticioso presenta como geopolítica es, visto desde arriba, la coartada moral de una operación financiera. Y hace falta el matiz, para no caer en la caricatura: no se trata de que un cuarto oscuro decida las guerras para ganar dinero, sino de que, ocurran como ocurran, el resultado es una transferencia previsible y siempre en la misma dirección.
Aquí está la parte que toca al lector mexicano. Una porción de su Afore, según la edad, está invertida en mercados internacionales, y los índices más usados, el S&P 500 o el MSCI World, incluyen acciones de Lockheed, RTX, Boeing y Northrop Grumman. Sin haber firmado nada, el trabajador queda como socio silencioso del negocio que le encarece la gasolina y la despensa. Es un peso que tal vez reciba en treinta años, si las cuentas salen, contra veinte que paga cada semana en el supermercado.
Tampoco hay que perder de vista lo que estas cifras esconden. Detrás de cada alza en bolsa hay refinerías ardiendo y ciudades bombardeadas; en Yemen, el costo no se mide en puntos porcentuales sino en hambruna. La economía de guerra es rentable precisamente porque su factura más cara la pagan quienes nunca aparecen en el reporte trimestral.
Todo esto era cierto hasta el 7 de abril. Ese día, en México, ocurrieron dos cosas que el noticiero no juntó, y que juntas muestran que la economía de guerra ya no se conforma con un pedazo de la Afore: viene por una porción mayor, garantizada por ley. De eso trata la segunda parte de esta historia.
SRVO
Fuentes y referencias citadas
- Naomi Klein, La doctrina del shock: el auge del capitalismo del desastre (Knopf Canada / Paidós, 2007).
- Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina (1971), marco complementario; el término "complejo militar-industrial" es de Dwight D. Eisenhower (discurso de despedida, 1961).
- Petróleo (Brent ≈107 USD, pico ~120): Al Jazeera, CNBC.
- Defensa (LMT +27% YTD; RTX +67%; industria israelí +81% y cartera ~80,000 mdd): Yahoo Finance (LMT), The Jerusalem Post.
- Tomahawks (más de 850 disparados, ~1.5 mdd c/u): Barchart.
- 1983, Rumsfeld–Saddam, e Irán-Contras: National Security Archive (GWU).
- 2003, armas de destrucción masiva inexistentes: Senate Select Committee on Intelligence (2008).
- 2011, Libia: Council on Foreign Relations. Yemen 2015+: Human Rights Watch.
- 2022+, exportaciones de GNL de EE.UU. a Europa a niveles récord: U.S. Energy Information Administration.
- Afores: el régimen de inversión de las SIEFOREs permite renta variable internacional (límite de 20% en valores extranjeros); los índices internacionales incluyen el subíndice aeroespacial y de defensa. CONSAR, Límites del Régimen de Inversión. Exposición cualitativa.