El banderazo bajo la lluvia
La CDMX se inunda y el operativo aparece a achicar agua. El espectáculo administra el problema mejor que el problema.
La madrugada del jueves 4 de junio, la Ciudad de México volvió a amanecer bajo el agua. Según el registro de La Crónica de Hoy, cayeron más de 25 millones de metros cúbicos en una sola noche; Milenio y La Razón reportaron encharcamientos en nueve alcaldías, sesenta servicios del Heroico Cuerpo de Bomberos y un Metro operando con marcha de seguridad en tres líneas, con la estación Hangares fuera de servicio porque el agua bloqueó su acceso. No fue un fenómeno excepcional: fue la estampa que se repite cada temporada. Y es esa repetición la que conviene examinar.
Tres semanas antes, el 13 de mayo, el Gobierno de la Ciudad había dado el banderazo a un operativo con nombre propio. Bajo la consigna de que "la ciudad no se paraliza ante la lluvia", recogida por La Jornada, Clara Brugada presentó el operativo Tlaloque 2.0: más de seis mil trabajadores, cincuenta y seis "Puntos Ehécatl" y una red de más de cien pluviómetros, según Proceso y El Universal. Un despliegue mayúsculo, anunciado con la solemnidad de una inauguración. La madrugada del 4 de junio, ese mismo operativo apareció achicando agua en el bajo puente de Calzada de Tlalpan. No previniendo la inundación: respondiendo a ella.
Esa escena, el dispositivo de prevención sacando agua una vez que el agua ya está dentro, se explica mejor con una idea que cumple casi sesenta años. En La sociedad del espectáculo (1967), Guy Debord escribió que "todo lo que fue vivido directamente se ha alejado en una representación". El espectáculo, en su lectura, no es un conjunto de imágenes, sino una relación social mediada por imágenes: el gobierno administra la representación del problema con más eficacia que el problema mismo.
Aplíquese al drenaje. Una inundación se previene en seco. El trabajo de fondo, el desazolve profundo, el retiro del azolve del fondo de la red, se hace en el estiaje, entre noviembre y abril, cuando no llueve y la maquinaria puede entrar. Ese trabajo es, por naturaleza, invisible: nadie convoca a la prensa para inaugurar una alcantarilla limpia en febrero. No hay banderazo posible para lo que se previene. Lo que sí admite ceremonia es el operativo: los seis mil formados, los chalecos, la rueda de prensa. Y esa ceremonia se agenda en mayo, con la lluvia ya encima, porque es entonces cuando hay cámara. La prevención auténtica no produce espectáculo; el espectáculo se programa para cuando la prevención ya no es posible.
La prevención auténtica no produce espectáculo.
Conviene precisar, porque en el rigor está la honestidad del argumento: el reproche no es de gasto. El gasto existe y es considerable. Según las cifras de la propia administración, reportadas por Expansión Política y Proceso, el presupuesto de infraestructura hídrica pasó de 1,500 millones de pesos en 2025 a 3,360 millones en 2026, y la meta anual de desazolve se cuadruplicó, de 300 a 1,200 kilómetros de drenaje. Son montos reales y grandes. El problema no es la cantidad de dinero, sino el calendario en que se exhibe. Que el músculo institucional se anuncie al mismo tiempo que arranca la temporada, que el Servicio Meteorológico Nacional fijó el 15 de mayo, revela una lógica reactiva: la ciudad corre detrás del agua, nunca delante. El propio gobierno admitió, según Infobae, que 2025 fue el año más lluvioso registrado y que mayo de 2026 ya había superado el año previo. La advertencia estaba sobre la mesa; el banderazo, aun así, se dio mojado.
Hasta el nombre del operativo es elocuente. En la mitología mexica, los tlaloque eran los ayudantes de Tláloc: cargaban el agua en cántaros y, cuando tocaba llover, los rompían. No contenían la tormenta; la liberaban. Bautizar el operativo antiinundaciones con el nombre de las deidades menores que provocan la lluvia es una ironía involuntaria, pero precisa.
La postal se completa con otra imagen de esos primeros días de junio de 2026. Una semana antes del inicio del Mundial, la capital se ha llenado de ajolotes: el tren ligero decorado en tonos rosados, la mascota mundialista con forma de ajolote futbolista, el proyecto de santuario en Xochimilco que la jefa de Gobierno defendió el 4 de junio frente a las críticas de la UNAM y la oposición. El ajolote respira agua limpia; se le ha vuelto emblema de una ciudad que, esa misma semana, se inundaba de aguas negras. La administración gobierna con destreza el símbolo del agua, el animal, el color, la mascota, mientras el agua material, la que corre por el subsuelo, se sigue saliendo.
Ese es el desplazamiento que describe Debord: la representación ocupa el lugar de lo vivido. El ajolote se ve; el drenaje, solo cuando falla. Y la madrugada del 4 de junio, una vez más, falló. La pregunta que queda no es cuánto se invierte, sino cuándo y para quién se hace visible esa inversión. Una ciudad que solo despliega su prevención cuando ya hay cámara no está previniendo: está actuando la prevención.
SRVO
Fuentes y referencias citadas
- Guy Debord, La sociedad del espectáculo (Buchet-Chastel, 1967 / Pre-Textos, 1999), tesis 1. Pre-Textos
- Inundación del 4 de junio (>25 millones de m³; 9 alcaldías; Metro y Bomberos). La Crónica de Hoy · La Razón · Proceso
- Banderazo del operativo Tlaloque 2.0 (13-may). La Jornada · Proceso
- Presupuesto hídrico (1,500→3,360 mdp; meta 300→1,200 km). Expansión Política
- Inicio oficial de la temporada de lluvias (15-may, SMN). Meteored
- Defensa del plan del ajolote en Xochimilco (4-jun). El Imparcial