Columna de opinión

El chupacabras no chupaba cabras

El chupacabras nació en Puerto Rico en 1995 y se volvió pánico continental en plena crisis económica. Una investigación de cinco años de Benjamin Radford mostró que la descripción de la primera testigo coincidía con la criatura de la película 'Species', estrenada semanas antes; y cada cuerpo analizado en Texas resultó ser coyote o perro con sarna, confirmado por ADN. Con la 'cultura del monstruo' de Jeffrey Cohen: el monstruo encarna el miedo de su época y sirve de pantalla para no mirar la extracción real.

El chupacabras no chupaba cabras
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En marzo de 1995, ocho ovejas aparecieron muertas en un pueblo de Puerto Rico, con perforaciones en el pecho y, según los reportes, sin sangre. Meses después, en agosto, una vecina de Canóvanas llamada Madelyne Tolentino describió a la criatura que, aseguró, merodeaba su casa: bípeda, de ojos enormes y con una hilera de púas en la espalda. Un locutor y comediante, Silverio Pérez, la bautizó al aire. Había nacido el chupacabras, y con él uno de los pánicos populares más contagiosos de las Américas.

En cuestión de meses, la bestia cruzó fronteras. México reportó ganado desangrado en varios estados y el fenómeno se extendió por Centroamérica y Sudamérica. No es un dato menor que el continente lo recibiera en un momento preciso. Para México, 1995 fue el año posterior a la devaluación de diciembre de 1994, la peor crisis financiera de su historia reciente, y el primero del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Mientras una fuerza que nadie podía ver ni tocar vaciaba los ahorros de millones, apareció otra fuerza invisible que, se decía, vaciaba de sangre al ganado. La coincidencia no prueba causa, pero abre una lectura.

El misterio, sin embargo, tiene una explicación que el género del enigma suele omitir. El investigador Benjamin Radford dedicó cinco años a rastrear el origen del mito y publicó sus hallazgos en "Tracking the Chupacabra" (University of New Mexico Press, 2011). Su conclusión es desarmante: la descripción de la primera testigo coincide punto por punto con Sil, la criatura de la película de ciencia ficción "Species", diseñada por el artista H.R. Giger. La cinta se estrenó en las salas de Puerto Rico el 7 de julio de 1995, semanas antes del avistamiento, y Tolentino reconoció haberla visto. Radford, psicólogo de formación, lo atribuye a la confabulación, el proceso por el cual la memoria entrevera lo que ocurrió con lo que se imaginó. El monstruo no salió de una cueva. Salió de una sala de cine.

Los cuerpos, que sí existieron, tampoco resistieron el examen. Cada supuesto chupacabras capturado y analizado, sobre todo en Texas, arrojó el mismo resultado en laboratorios de la Universidad Estatal de Texas y de la Universidad de California en Davis: coyotes, perros o híbridos con sarna. La enfermedad, provocada por el ácaro Sarcoptes scabiei, les despoja del pelo, les hunde los ojos y les da un aspecto cadavérico que, en la penumbra, cualquiera confundiría con una aparición. La bestia era, en todos los casos, un animal enfermo.

El vampiro que importaba nunca tuvo colmillos. Tenía firma.

¿Qué queda cuando se retira al monstruo? Queda, primero, un caso de manual sobre cómo se fabrica una creencia colectiva. Una película, una testigo, un comunicador con gracia, la televisión y el internet incipiente bastaron para que un rumor local se volviera fenómeno continental en semanas. Visto con la distancia de hoy, el chupacabras fue una de las primeras desinformaciones virales de la región, dos décadas antes de que las redes sociales industrializaran el proceso.

Queda, sobre todo, una pregunta más honda, y para ella conviene el marco del medievalista Jeffrey Jerome Cohen. En "Monster Culture (Seven Theses)" (1996), Cohen sostiene que el monstruo nunca es gratuito: nace en una encrucijada y encarna el miedo de su época. El monstruo, escribe, es un cuerpo cultural, la forma que adopta una ansiedad que no encuentra otro rostro. El chupacabras encaja con precisión notable. Llegó cuando el miedo dominante era económico y, por su naturaleza, invisible: una devaluación, una tasa de interés, un tratado firmado lejos. Frente a una amenaza sin cara, la imaginación popular le fabricó una, con colmillos. Resulta más soportable temer a un vampiro que a una gráfica.

Ahí está el desplazamiento que interesa. El monstruo fantástico funciona como pantalla. Mientras un país entero perseguía a la criatura que desangraba cabras, la extracción real, la que vaciaba salarios y patrimonios, operaba sin necesidad de esconderse, porque nadie la buscaba. El pánico paranormal no solo entretiene: distrae. Ocupa el lugar del miedo legítimo y lo vuelve inofensivo, folclórico, casi divertido.

Treinta años después, el chupacabras sobrevive en camisetas, memes y ferias de pueblo, ya sin capacidad de asustar a nadie. Pero su mecánica sigue viva cada vez que una amenaza compleja y sin rostro se traduce en un enemigo simple y visible, más fácil de odiar que de entender. El vampiro que importaba nunca tuvo colmillos. Tenía firma, y seguía cobrando cuando ya nadie miraba al monte.

SRVO

Fuentes y referencias citadas

  1. Benjamin Radford, Tracking the Chupacabra: The Vampire Beast in Fact, Fiction, and Folklore, University of New Mexico Press, 2011.
  2. McGill University, Office for Science and Society: "The Mythical Creature Known as the Chupacabra Walked Out of a Movie"
  3. Live Science: "El Chupacabra Mystery Solved: Case of Mistaken Identity"
  4. The Christian Science Monitor: "El Chupacabra mystery origins traced to 1995 sci-fi film"
  5. The Christian Science Monitor: "Chupacabra found in Texas: Is it a coyote?"
  6. Jeffrey Jerome Cohen, "Monster Culture (Seven Theses)", en Monster Theory: Reading Culture, University of Minnesota Press, 1996.
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