El Mundial al revés
México pone la inversión, el riesgo y la operación; la FIFA se reserva la renta, libre de impuestos. Un negocio al revés.
El contrato que México firmó con la FIFA para la Copa del Mundo de 2026 admite una lectura difícil de digerir apenas se ordenan las cifras. El Estado mexicano asumió la inversión, el riesgo y el costo de operación; la organización con sede en Zúrich se reservó la renta, libre de impuestos. Es, en rigor presupuestal, un negocio al revés: el anfitrión juega de local en el gasto y de visitante en la ganancia.
Conviene empezar por lo que se eroga. Solo el gobierno de la Ciudad de México reporta más de 23 mil millones de pesos en obras de infraestructura, movilidad, agua y drenaje vinculadas al torneo, de acuerdo con el portal de transparencia que la propia administración capitalina presentó. A ello se suma la aportación federal anunciada por la Presidencia: entre 1,500 y 2,000 millones de pesos por cada una de las tres sedes, destinada a obras de transporte. Cuando se agregan los tres estados, las estimaciones de gasto público directo se ubican entre 37 mil y 53 mil millones de pesos; los cálculos que incorporan seguridad, logística y tecnología rebasan los 100 mil millones.
Frente a esa erogación, el retorno prometido es sorprendentemente modesto. La consultora Deloitte estima una derrama cercana a 2,730 millones de dólares, equivalente a 0.14% del Producto Interno Bruto. The Competitive Intelligence Unit la sitúa en 2,570 millones, esto es, 0.13% del PIB. Y la lectura de los analistas financieros es aún más sobria: Paulina Anciola, subdirectora de estudios económicos de Banamex, calculó que el Mundial aportará alrededor de una décima de punto al crecimiento de 2026 y advirtió que se trata de "un evento de una sola vez" cuyo impacto "se disipa considerablemente" al terminar.
La asimetría se vuelve nítida al mirar al otro lado de la mesa. La FIFA proyecta ingresos récord: su presupuesto oficial revisado ronda los 13 mil millones de dólares en el ciclo 2023-2026, y estimaciones de la prensa especializada los elevan hasta 15 mil millones, muy por encima de su meta original de 11 mil millones, y en territorio mexicano no pagará ni Impuesto Sobre la Renta ni Impuesto al Valor Agregado, por virtud del artículo 25 transitorio de la Ley de Ingresos de la Federación para 2026.
El anfitrión juega de local en el gasto y de visitante en la ganancia.
No es un fenómeno nuevo ni exclusivamente mexicano. La historia reciente de los mundiales ofrece un patrón que la academia ha documentado con insistencia. Sudáfrica 2010 cerró su justa con una pérdida neta estimada en 3,100 millones de dólares; varios de sus diez estadios quedaron con una utilización cercana a cero, según los análisis recogidos por organizaciones como Play the Game. Brasil 2014 gastó cerca de 15 mil millones de dólares en infraestructura y exhibe, una década después, estadios como el Mané Garrincha, de 550 millones de dólares, reconvertido en estacionamiento de autobuses. El término técnico para esas obras es elocuente: elefantes blancos. Infraestructura costosa que el contribuyente paga y que, pasada la fiesta, casi nadie usa.
La objeción previsible es conocida: la derrama, el turismo, el empleo temporal, la proyección de la marca-país. Son beneficios reales, pero la evidencia comparada obliga a matizar su magnitud. Los estudios sobre sedes anteriores coinciden en que el impacto económico tiende a sobreestimarse, que la ganancia se concentra en sectores acotados, hotelería, servicios, y que el "legado" rara vez compensa el desembolso público. El propio análisis de Banamex apunta en esa dirección: alivio momentáneo, no cambio de tendencia.
El concepto que ordena esta operación no es nuevo en la teoría económica: privatización de las ganancias y socialización de los costos. Es la misma lógica que se reprochó a los rescates bancarios, el sector público absorbe el riesgo, el privado retiene la utilidad, ahora aplicada a un megaevento deportivo. La diferencia es que aquí el costo no se discute en una sala de crisis, sino que se diluye en la euforia colectiva, donde cuestionar la factura parece un acto de aguafiestas.
Nada de esto constituye un alegato contra el futbol, ni contra el legítimo entusiasmo que despierta un Mundial. Es, apenas, una invitación a leer el contrato completo. Cuando un gobierno acepta que el invitado más rico del planeta no pague un peso mientras el contribuyente sufraga la infraestructura, el evento deja de ser solo una celebración deportiva para convertirse, también, en una operación financiera con destinatario claro. La próxima vez que se escuche la palabra "derrama", vale la pena completar la pregunta: ¿derrama hacia dónde? Porque, a juzgar por las cifras, el agua de este Mundial no corre hacia las gradas. Corre hacia Zúrich.
SRVO
Fuentes y referencias citadas
- Privatización de ganancias y socialización de costos (lógica de los rescates aplicada al megaevento), fórmula popularizada por Joseph Stiglitz en Freefall (Norton, 2010). W. W. Norton
- Gasto público de la CDMX y aportación federal por sede. El Universal
- Derrama y % del PIB (Deloitte / The CIU / Banamex). Expansión · Alto Nivel
- Ingresos récord de la FIFA (presupuesto oficial revisado ~USD 13,000M; estimaciones de prensa hasta ~15,000M). Portafolio · exención (Art. 25 transitorio LIF 2026): ESPN
- "Elefantes blancos" (Sudáfrica 2010 / Brasil 2014). Citizens for Tax Justice · Play the Game