El enemigo sale gratis
El Departamento de Defensa presta aviones y bases a cambio de revisar el guion, pero esa oficina solo revisa una mitad de la pantalla: nadie negocia cómo se ve el enemigo, porque el enemigo no tiene equipo que prestar. Jack Shaheen catalogó más de 900 filmes con personajes árabes y documentó que la mayoría abrumadora los estereotipa. El villano no es un personaje, es una vacante que rota con la política exterior y con la taquilla.
Que el Departamento de Defensa de Estados Unidos revise guiones a cambio de prestar aviones, bases y portaaviones está documentado y no constituye escándalo para nadie que siga el tema. Lo que casi no se discute es una consecuencia de esa mecánica: la oficina de enlace solo revisa una mitad de la pantalla. Existe un mostrador para negociar cómo se ve el héroe, con un funcionario, un expediente y criterios que la propia dependencia ha hecho públicos. Del otro lado de la pantalla no hay mostrador, no porque alguien lo haya cerrado, sino porque el enemigo no tiene equipo que prestar. Nadie negocia su retrato, y lo que nadie negocia se dibuja sin costo.
Conviene empezar por la prenda. El turbante que porta el villano de tantas películas no identifica a nadie en particular. Lo usan los sijs, originarios del Punjab, que no profesan el islam. Lo usan algunos afganos. En buena parte del mundo árabe no se acostumbra. La prenda, entonces, no señala una nación, ni una religión, ni un pueblo: señala procedencia genérica, un allá sin coordenadas. Funciona menos como vestuario que como rótulo.
El volumen del fenómeno fue medido. Jack Shaheen, profesor emérito de comunicación en la Universidad del Sur de Illinois y exasesor de CBS News para asuntos de Medio Oriente, catalogó más de 900 filmes con personajes árabes producidos desde los inicios del cine hasta el año 2000, y documentó que la mayoría abrumadora los estereotipa. En el recuento ampliado que sostiene el documental homónimo, de 1,000 películas revisadas apenas 12 ofrecen retratos positivos. Shaheen sostuvo que esas imágenes acumuladas terminan interfiriendo con la capacidad del público estadounidense para pensar racionalmente sobre la región.
El rótulo tiene consecuencias fuera de la sala. El 15 de septiembre de 2001, cuatro días después de los atentados, Frank Silva Roque condujo hasta una gasolinera en Mesa, Arizona, y disparó contra su propietario, Balbir Singh Sodhi, sij nacido en Jalandhar, Punjab, radicado en Estados Unidos desde 1989. De acuerdo con el expediente, Roque quería matar a un musulmán en represalia por los ataques; Sodhi no lo era, y fue elegido por la barba y el turbante que portaba conforme a su fe. La organización SALDEF lo documenta como la primera muerte por violencia de odio derivada del 11 de septiembre. Roque fue condenado por homicidio en primer grado el 30 de septiembre de 2003.
La explicación intuitiva de esta acumulación apunta al prejuicio de una industria. Existe otra, menos moral y más precisa: el villano cinematográfico no es un personaje, es una vacante. Ocupó ese puesto el alemán, luego el japonés, después el soviético. Disuelta la Unión Soviética, la vacante quedó abierta y la ocuparon los árabes, que ya venían perfilándose desde la crisis petrolera y la revolución iraní.
Cuando un pueblo se vuelve taquilla, deja de ser villano.
En 2012 esa naturaleza contable quedó a la vista. Los estudios MGM y Sony habían filmado el remake de Red Dawn con villanos chinos, y en posproducción alteraron digitalmente banderas, uniformes e insignias para convertirlos en norcoreanos, con el propósito de no comprometer el acceso al mercado chino; el costo de la operación se estimó por debajo del millón de dólares y fue reportado por Los Angeles Times en marzo de 2011. La conclusión que se desprende resulta más dura que cualquier acusación de racismo: cuando un pueblo se convierte en taquilla, deja de ser villano. Los árabes resultaron baratos durante tres décadas porque no representaban mercado ni contaban con quién encareciera el agravio.
Existe además un caso que ilustra esa asimetría sin necesidad de teoría. El Pentágono negó cooperación a Three Kings, la cinta de David O. Russell ambientada en la Guerra del Golfo, con el argumento de que sus protagonistas son ladrones del Ejército. Ocurre que Three Kings figura entre las poquísimas producciones del periodo que otorgan espesor humano a los iraquíes. La película que rompió el molde se quedó sin helicópteros. No hizo falta prohibirla: bastó con no prestarle nada.
El caso de Argo merece una precisión que suele omitirse en su contra. La cinta de Ben Affleck sí abre explicando el golpe de 1953 contra el primer ministro Mohammad Mosaddegh, operación que la propia CIA reconoció por escrito en su historia interna The Battle for Iran, desclasificada por solicitud de acceso a la información y difundida por el National Security Archive en agosto de 2013: el golpe, admite el documento, se ejecutó bajo dirección de la agencia como acto de política exterior estadounidense. El reproche pertinente no es la omisión, sino la proporción. La causa recibe dos minutos de secuencia animada; el efecto, dos horas de cine. De todo el reparto iraní, la crítica especializada identifica un solo personaje que se levanta por encima de la caricatura. Evelyn Alsultany, en Arabs and Muslims in the Media (2012), llamó a este mecanismo representación compleja simplificada: la inclusión de una figura matizada no desmiente el estereotipo, lo autoriza.
Hay datos que cortan contra esta lectura y deben registrarse. El Departamento de Defensa ha negado cooperación también a Apocalypse Now, Platoon y Full Metal Jacket, lo que confirma que el mecanismo tiene fugas y que la industria dista de ser un bloque. El villano árabe, por lo demás, ha retrocedido de manera apreciable en la última década, hecho que refuerza la tesis del puesto rotativo antes que desmentirla.
No estoy afirmando que alguien se haya sentado a decidir que el enemigo llevaría turbante. La arquitectura descrita no requiere esa decisión. Basta con que a un lado de la pantalla exista una oficina que cobra en especie, y del otro lado no exista contraparte alguna.
Queda entonces la pregunta que esta columna no va a responder. Si el puesto de villano permanece abierto, y si rota conforme a la política exterior y a la geografía de la taquilla, la única cuestión pendiente es quién lo ocupa hoy.
Pieza hermana: La película que revisó el Ejército Ver el expediente →
- Jack Shaheen, Reel Bad Arabs: How Hollywood Vilifies a People, Olive Branch Press, 2001, 574 págs. Reseña académica en American Journal of Islam and Society
- Documental Reel Bad Arabs (2006), dirigido por Sut Jhally, Media Education Foundation: ficha del filme
- Asesinato de Balbir Singh Sodhi: expediente del caso y SALDEF, la primera muerte de la reacción posterior al 11 de septiembre
- La CIA reconoce el golpe de 1953 contra Mosaddegh, historia interna The Battle for Iran desclasificada por FOIA: National Security Archive, agosto de 2013
- Producciones a las que el Pentágono negó cooperación, incluida Three Kings: Slate, "Loosening the Pentagon's hold on war scripts"
- Sobre lo que Argo deja fuera: Not Even Past, Universidad de Texas
- Evelyn Alsultany, Arabs and Muslims in the Media: Race and Representation after 9/11, NYU Press, 2012: ficha editorial
- Edward Said, Orientalism, Pantheon, 1978, y Covering Islam, Pantheon, 1981
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