La película que revisó el Ejército
El Pentágono presta aviones, portaaviones y bases a Hollywood a cambio de revisar el guion: Top Gun Maverick trae 'puntos clave' de reclutamiento insertados por el Ejército, según documentos abiertos. Y Argo, que ganó el Óscar, reescribió la historia para que la CIA fuera la heroína: inventó la persecución del aeropuerto y borró a Canadá. Con el concepto de 'militainment' de Roger Stahl y la fabricación del consentimiento de Herman y Chomsky.
Hay un placer difícil de discutir en la escena de un caza despegando de un portaaviones con la música a todo volumen. Top Gun Maverick lo entiende y lo explota con maestría. Pero conviene saber una cosa antes de dejarse llevar: esa película, como buena parte del cine bélico estadounidense, no la revisó solo un estudio de Hollywood. La revisó el Pentágono.
El mecanismo está documentado y es más prosaico de lo que suena. El Departamento de Defensa mantiene una oficina de enlace con la industria del entretenimiento. Cuando una producción necesita aviones de combate, un portaaviones o el acceso a una base, el Ejército puede prestarlos, y con frecuencia lo hace. A cambio, los productores entregan el guion para su revisión. El criterio de aprobación no es secreto: Philip Strub, durante trece años el principal responsable de dictaminar guiones en el Departamento de Defensa, lo redujo a dos preguntas, según reportó Slate en 2002: si la producción ayuda a aumentar la conciencia del público estadounidense sobre las fuerzas armadas, y si beneficia el reclutamiento y la retención. Quien responde que sí obtiene sus aviones; quien no, se queda sin ellos.
Top Gun Maverick es el caso de manual. Documentos obtenidos por solicitud de acceso a la información por el investigador Tom Secker, reportados por Shadowproof el 1 de junio de 2022, muestran que la Marina autorizó asignar a un oficial superior para revisar con la oficina de prensa los temas del guion e integrar los puntos clave. Los mismos registros consignan que se autorizó a la productora ser escoltada por un oficial del Departamento de Defensa a bases navales, y que los guionistas y productores subieron al portaaviones USS John C. Stennis, con la intención declarada de ayudar a desarrollar los arcos de los personajes. En la revisión formal, el Pentágono no halló mayores problemas con la trama, aunque pidió algunas revisiones a las caracterizaciones y acciones de los aviadores navales. El resultado, brillante como espectáculo, es también un vehículo de reclutamiento con visto bueno institucional. Hay un término académico para esto, acuñado por el investigador Roger Stahl: militainment, la fusión entre el aparato militar y la industria del entretenimiento.
La propaganda más eficaz no se siente como propaganda. Se siente como la película que amas.
La CIA juega el mismo juego con más sutileza, y su mejor ejemplo ganó el Óscar. Argo (2012), dirigida y protagonizada por Ben Affleck, narra cómo la agencia rescató a seis diplomáticos estadounidenses atrapados en el Irán de 1979 montando una película de ciencia ficción falsa como tapadera. La ironía es exquisita: una operación real de la CIA que usó el cine para engañar, contada en una película que a su vez manipuló los hechos. El clímax, la persecución en la pista del aeropuerto de Teherán, fue inventado de principio a fin: la salida real, según reconstruyó Slate, transcurrió sin incidentes. La cinta minimizó además el papel de Canadá. El embajador Ken Taylor sostuvo que la película hace parecer que sus compatriotas solo iban de acompañantes, precisó que la documentación se preparó por completo en Ottawa y calificó de inconcebible la amenaza de cerrar la embajada canadiense que el guion le atribuye. El expresidente Jimmy Carter, que autorizó la operación, declaró a CNN que el filme exageró en mucho el papel de la CIA y minimizó la contribución canadiense. Se ha reportado que Affleck ajustó el epílogo tras la presentación en Toronto para acreditar el esfuerzo conjunto, sin que ese cambio bastara para el embajador.
Lo que une a Top Gun y a Argo no es un director ni un estudio, es una lógica. El Estado, sea el Pentágono o la CIA, participa en la fábrica de relatos que una sociedad se cuenta a sí misma sobre su propio poder, y lo hace desde dentro: prestando aviones o prestando la historia. No es censura de la vieja escuela, la que tacha y prohíbe. Es algo más eficaz, una colaboración que se siente como generosidad, un acceso privilegiado que se paga con encuadre favorable.
Aquí conviene el marco de Edward Herman y Noam Chomsky. En Manufacturing Consent (1988) sostuvieron que en las democracias el consenso no se impone por la fuerza: se fabrica, se produce mediante los filtros por los que pasa la información y el entretenimiento antes de llegar al público. El cine que glorifica a las fuerzas armadas o que presenta a la agencia de inteligencia como salvadora no necesita mentir de frente. Le basta con elegir qué historias se cuentan, con qué recursos y bajo qué luz. La raíz de todo esto es antigua: la historiadora Frances Stonor Saunders documentó en The Cultural Cold War (1999) cómo la CIA financió en secreto el arte y la cultura durante la Guerra Fría como arma de influencia. Solo cambió el soporte, del expresionismo abstracto al blockbuster de verano.
La propaganda más eficaz es la que no se siente como propaganda. No trae una etiqueta de advertencia. Se siente como el héroe que nos emociona, como la escena que aplaudimos de pie, como las ganas de creer que los nuestros ganan siempre limpio. Nada de esto obliga a odiar Top Gun ni a despreciar Argo: son, en su oficio, películas notables. El punto es de higiene, recordar que entre nosotros y la pantalla hubo una oficina que revisó el guion antes de que llegara. La pregunta útil, al salir del cine con el pecho inflado, no es si la película fue buena. Es quién la aprobó antes de contárnosla.
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- Documentos de acceso a la información obtenidos por Tom Secker sobre el Pentágono y Top Gun Maverick: Shadowproof / Portside, 1 de junio de 2022
- Los criterios de aprobación de guiones del Departamento de Defensa y las producciones a las que negó cooperación: Slate, "Loosening the Pentagon's hold on war scripts" (2002)
- Las inexactitudes de Argo: Slate, "Why Argo's inaccuracies matter" (2012)
- Ken Taylor corrige el relato del filme y Carter declara a CNN que se exageró el papel de la CIA: The Globe and Mail
- Roger Stahl, Militainment, Inc.: War, Media, and Popular Culture, Routledge, 2010.
- Edward S. Herman y Noam Chomsky, Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media, Pantheon, 1988.
- Frances Stonor Saunders, The Cultural Cold War: The CIA and the World of Arts and Letters, The New Press, 1999.
Las ligas van a la vista para que cualquiera compruebe por su cuenta. Si alguna dejó de resolver, escríbenos y la reponemos.
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